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Autores/as: Ángel de Estrada
Me miraba sin conocerme, y estaba ya por hablarle, cuando empezaron los oficios. La Iglesia iba a bendecir el fuego y el incienso. Las naves misteriosas con susLas naves misteriosas con sus ventanas cerradas se poblaban poco á poco. Las sillas movidas con los reclinatorios encadenados; los vestidos con sus roces de sedas y percales; las oraciones y los semi-tonos del canto llano, llenaban de vida singular la media luz del ambiente. Una voz de bajo profundo, entonó: In principio creavit Deus Cœlum et terram. El pueblo asistía al poema bíblico, animado por el espíritu de Díos, en la majestad del verbo profético.


